20090922

Salida de emergencia

Coquetos carnavales es una obra provocadora que no termina por cerrar una historia, por el contrario, abre muchas y diferentes puertas de intepretación. No es una obra cómoda, no. Implica un espectador que no quiera recostarse sobre una butaca para que le cuenten un relato sino más un individuo curioso y atento, siempre alerta para hacer su propio trabajo. A tal punto que, si tuvieramos que definir a Coquetos carnavales con tan sólo una frase prodríamos hacerlo de la siguiente manera: "Una obra para poner nuestras capacidades de interpretación a trabajar".
Al ver Coquetos carnavales recordé un libro del crítico literario ruso Michael Bajtín (La cultura popular en la Edad Media y el Renacimiento) que había leído hace algún tiempo. Bajtín sostenía que la obra del escritor Francoise Rabeleis, que sus colegas habían tildado de burda, grosera o chabacana, había sido injustamente interpretada. Bajtín explicaba que no debía de ningún modo entenderse el clima y los festejos del carnaval del medioevo y del renacimiento por fuera de la lógica que les era propia. La cosmovisión carnavalesca del mundo debía analizarse y juzagarse dentro de las mismas leyes que le eran inherentes y de ningún modo por fuera de ellas. Claro que este tipo de decodificación traía consigo una labor de búsqueda por parte de quien quisiera conocer, aunque más no sea, tan sólo una parte de aquel fantástico microuniverso popular.
De esta forma podríamos hacer una analogía entre los carnavales decriptos por Bajtín y los carnavales coquetos de Luis Cano. Relatos que tienen su propio lenguaje, su propia lógica que producen que cada espectador sea quien deba aventurarse a la tarea de intentar descubrirla e interpretarla.
Coquetos Carnavales muestra un sinfín de distintas situaciones ligadas siempre a un marco referente de detentación del poder y de la violencia. Un mundo violento en donde ni siquiera la muerte frena a aquellos hombres, devenidos en espectros, quienes continuan con su hostigamiento hacia los vivos. Un mundo de pandillas y de pandilleros. Un país de patotas...
Cecilia Fiori

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