20090922

La puesta de "coquetos carnavales" redime a un ausente relato

Luis Cano es el autor y director de "Coquetos carnavales", una obra confusa en su planteo y espectacular en su puesta que se puede ver en el teatro Sarmiento.
En apariencia, la violencia permanente, la oscuridad, la prepotencia de unos contra otros, la estupidez, son reflejo de una historia argentina vista con ojos negrísimos y sin señales de esperanza.
Como afirma Alejandro Tantanian en el programa de mano, "Nosotros, los vivos, convivimos con miles de millones de muertos (...) Ellos han forjado la historia como nosotros lo estamos haciendo para los que vendrán".
Puede argumentarse que un arte no del todo figurativo como el ballet puede tener un discurso críptico, pero el teatro dificulta dilucidar una sucesión de -correctos y brillantes, por qué no- segmentos de difícil ilación.
Frente a ello la puesta del mismo autor por momentos deslumbra y contiene actuaciones individuales de notable repercusión, con aciertos de ritmo e iluminación (de Eli Sirlin), y con un músico (Tian Brass) que se adosa a la acción y a veces la protagoniza.
Hay un elenco masculino y numeroso en el que Carlos Weber, Marcelo Mininno, Alejandro Catalán y Miguel Israilevich destacan por su técnica frente a una totalidad efectiva y profesional, pero lo que entiende el espectador común -este cronista, por ejemplo- es poco.
Se ve un orden mafioso y patotero en el que la solidaridad y la piedad están ausentes, pero no están claras las jerarquías propias de un capitalismo desbocado. Da la sensación de que sobran episodios y falta relato.
Se ve un circo cruel (¿o un coqueto carnaval?) en el que las criaturas son reducidas a despojos mortales, a zombis que atraviesan la escena, a demagogos con discursos absurdos. ¿Pero a dónde va todo? Es notable en lo formal la repetida acción de los hombres excretados por las puertas como la carne picada sale de la máquina, o el sumario ajusticiamiento de un personaje, o el desesperado discurso final junto a la máquina de viento.
Todo eso es teatralmente muy válido, bello incluso, pero se supone que la historia argentina tiene sus causas y efectos que no se reducen a una rueda sangrienta. Siempre estuvieron los mandantes y los débiles que los soportaron; las relaciones de fuerza nunca se invirtieron.
Sin embargo, la blandura del relato conspira contra momentos de gran impacto dramático, con instancias musicales de gran encanto, pero si uno quiere eso debe arrebujarse en la butaca y dejarse llevar.
El resto son negruras de fondo, desaparición del deseo como acto creativo, abominación del otro y augurios crueles en una Argentina en la que cualquier cambio social y económico, hoy por hoy, sólo puede ser para peor.
Télam, por Héctor Puyo

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