20090922

Inrocks

Una rápida mirada sobre la trayectoria de Luis Cano mostraría que se trata de un poeta que desde hace muchos años escribe teatro y que gradualmente se fue convirtiendo en un autor que dirige, o en un director que escribe. Y no carece de sustancia pensar, a la luz de este recorrido, el teatro actual que Cano en tanto autor director produce.¿Por qué? Porque su primer contacto con la palabra fue para trabajarla en toda su materialidad. Su palabra está muy lejos de ser aquella portadora de un sentido unívoco, producida por un sujeto único y con referencia a un objeto más o menos estable. La palabra de Cano al mismo tiempo que surge estalla, implosiona. Se derrumba sobre sí y sobre la estructura que la contiene, el lenguaje, con un objetivo claro: dejar en evidencia el soporte ideológico que la soporta luego de aniquilarle el ropaje de simple objeto comunicacional.Es por eso que esa partida como poeta se vuelve absolutamente significativa cuando uno piensa en sus textos dramáticos. ¿Pero qué ocurre cuando este hombre se lanza como director, de obras propias o ajenas? Ocurre que traduce aquella obsesión que trae de lo literario hacia lo escénico, haciendo una lectura material de cada uno de los lenguajes de los que se sirve para el montaje. Así, en el teatro de Cano la luz nunca ilumina únicamente, ni el vestuario viste exclusivamente, ni los actores se mueven por el sólo hecho de accionar. En este sentido, aquel espectador que quiera ver en su teatro la traducción a la escena de un “cuentito”, saldrá profundamente desilusionado, porque de hecho uno de los grandes enemigos de este creador es el preconcepto que establece que hay, en el escenario, algo para entender.¿Qué se puede comprender a la salida de Coquetos Carnavales? Muy poco. O mucho, dependiendo de lo que se pretenda del teatro. Hay en esta primera propuesta de la nueva gestión del teatro Sarmiento, llevada a cabo por Alejandro Tantanian, una mirada sobre la argentinidad, sobre la historia de la Argentina, pero a través, no de un relato, sino de un modo de vincularse con ella, un modo de pensarla: la violencia, el parricidio, la traición. La hipótesis de Cano, profundamente conceptual, fue trabajar sobre el estallido espectral: doce cuerpos, doce imponentes cuerpos, atosigan el escenario, lo ocupan, lo recorren, lo ensucian, con el fin de marcar su propia presencia. Ahí están esos espectros que no provienen necesariamente del pasado ni moran en el presente. Estando alejados del tiempo, se ven condenados a vivir en ese instante que dura la eternidad. Y repiten sus propias muertes como parodia de aquella muerte original por siempre perdida en el transcurso del tiempo, que ni siquiera es la propia.El espectáculo es de tal nivel de complejidad que por momentos uno se siente abrumado ante tanto bombardeo, pero fundamentalmente porque se puede percibir que hay allí un trabajo de intelectualización tan fino que por momentos descoloca cuando te enfrenta a una aparente traducción de la metáfora, como es el caso del personaje de Ayala, que camina permanentemente de espaldas.El elenco es absolutamente homogéneo y compacto, percibiéndose que por más que les haya costado comprender los procedimientos y las ideas de su director, finalmente lograron ingresar en el código y jugar según las reglas propuestas. Y se divierten incluso de ellos mismos cuando se ven disfrazados –en un claro gesto camp de su director- de los míticos personajes de Titanes en el Ring.
Federico Irazábal

No hay comentarios:

Publicar un comentario