20090922

Eficaz exponente de teatro experimental

Las acciones abstractas de la obra de Luis Cano propician por momentos un dudoso vale todo, pero hay impactantes caracterizaciones y un exquisito tratamiento visual.
La violencia es la fuerza que lleva adelante la acción en esta nueva pieza de Luis Cano (autor de «Socavón», «Los murmullos» y «Chiquito» entre otras) y es el único elemento de intercambio entre los doce personajes masculinos que deambulan por la escena como payasos siniestros (o como una jauría fuera de control). Podrían pertenecer a la mafia o ser una caricatura de aquellos «Perros de la calle» creados por Tarantino, o tal vez deba considerárselos simples emergentes de la barbarie nacional.En medio de una andanada de ejecuciones, complots y luchas de poder, abusan de un muchachito frágil y muelen a patadas a uno de los suyos al ritmo de «Barrilito de cerveza» (clara alusión a la famosa secuencia de «La naranja mecánica» en la que un grupo de vándalos agredía a una mujer bajo los acordes de «Singing in the rain»). El texto de Cano ofrece algunos datos que invitan a deducir las oscuras motivaciones de esta banda misteriosa y el tipo de vínculo que une a sus integrantes; pero al mismo tiempo todos sus diálogos y soliloquios trabajan en sentido contrario. Es decir, buscan desbaratar la información ofrecida, impidiendo que el espectador aplique su lógica o le encuentre una razón a lo que está sucediendo en escena. El sitial del jefe (gran trabajo de Nacho Vavassori) se superpone a la figura mítica del padre, que como el rey Hamlet vuelve de la muerte y cuyo puesto ninguno de sus asesinos se atreve a ocupar. Esta es una de las tantas pistas que el público podrá descubrir si deja abierta su imaginación. En «Coquetos carnavales» no hay relato sino acciones y éstas se desarrollan en un tiempo y espacio tan abstractos que hacen que la obra (más allá de su potente lenguaje físico y la calidad poética de ciertos parlamentos) se asemeje, por momentos, a una performance coreográfico-plástica más que a una acabada experiencia dramática. Sin una historia lógica y lineal se multiplican las posibilidades de lectura, pero esto también puede propiciar un vale todo de dudosa eficacia. De hecho, hay resoluciones que rozan el «per che mi piace» como la aparición de los disfrazados de «Titanes en el ring» o la presencia del músico Tian Brass, ajena a la acción dramática. Otras acciones se estiran en demasía o repiten lo ya expuesto; pero, la misma extrañeza que produce la obra, la impactante caracterización de cada uno de sus intérpretes y el exquisito tratamiento visual que aúna a todas las escenas, invitan a probar suerte con este legítimo exponente de teatro experimental.
Patricia Espinosa

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