20090922

Destellos de la violencia

CRITICA: "COQUETOS CARNAVALES"
Escrita y dirigida por Luis Cano, la obra indaga y experimenta en los vínculos signados por la traición.
DOCE HOMBRES SOLOS QUE SE MUEVEN EN ESCENA COMO SI LOS ATRAVESARA EL ENCIERRO.
Un grupo de hombres, siete por lo menos, se comprime bajo una luz difusa en los recovecos de una puerta estrecha. No ven otra forma de avanzar sino de esta manera: apretados y acechantes, los codos golpeando abajo, la mirada furtiva tratando de dilucidar un peligro allá adelante. Quieren meter miedo y generan, por patetismo, más que nada gracia. Coquetos carnavales, de Luis Cano, rompe de entrada con la ilusión de completud teatral, y no quiere tener más articulación que los hechos que suceden por única vez, en escena, cada noche. Es probable que aluda a la manera de hacer historia en el país, a las runflas siempre tan parecidas que van y vienen conspirando, y a la violencia que las ronda. Pero por encima o detrás, también se hablará de otra cosa: una mirada tendiente a cuestionar, de plano, los códigos decadentes del mundo varonil cuando se vuelve endogámico, su segura agonía. "Es un circo de espectros. Los muertos siguen allí, sosteniendo el peso que los ataba a la tierra cuando vivían. Los muertos siguen dictando la historia", evalúa Alejandro Tantanián, que debuta con esta obra en su cargo de asesor artístico del Teatro Sarmiento. En la puesta de esta pieza, que viene precedida por el Premio Nacional de la Secretaría de Cultura de la Nación, el Premio Nuevas Obras de Autores del MERCOSUR, y el Premio Municipal del Ministerio de Cultura porteño, se busca radiografiar varios planos del hecho teatral: la tragedia a través de un asesinato con fondo musical de Chopin, ese grotesco tan argentino de Ambrosi (un notable Nacho Vavassori) que se roza el pecho y la cara y busca el miedo o la complicidad ajena; las diversas confesiones de cara al público, un viraje dramático al stand up tan de moda: el de Anglada (Alejandro Catalán) tiene matices conmovedores.Los buenos narradores dicen que mientras mientras se avanza y se desarrolla el trayecto del relato, en los intersticios del mismo, surge el relumbrón de una idea. El riesgo de Coquetos carnavales es que, al desechar una línea de acción clara, sin el esqueleto de una estructura, el acontecer de estos doce hombres queda signado, de manera azarosa, a que suceda el embate poético anhelado. La repetición de algunas frases, al final, con su seducción amarga de pesadilla ingobernable, hicieron recordar a cierto teatro moderno de Andalucía. En un nivel parejo de actuaciones, y a riesgo de la arbitrariedad, pueden nombrarse, junto a Catalán y Vavassori, a los siameses El Uno y El Otro (Claudio Martínez Bel y Diego Starosta) y al Chico (Miguel Israilevich). Por último, la música de Tian Brass, en vivo, en un estrado superior de la escena y el diseño de luces de Eli Sirlin -un gran momento el funeral de Ambrosi-, apuntan a mantener la sorpresa y la sublevación en un espacio escénico vacío y oscuro.
Camilo Sánchez

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