20090922

DesmenuzArte mejor

Paradojas porteñas. El paseante llega a Plaza Italia y echa a andar por la Avenida Sarmiento hacia el bajo. Sobre la mano del Jardín Zoológico no se advierte la misma actividad que en la de la Sociedad Rural, allí hace semanas que se trabaja en remozar la vereda; de este lado, no. El Gobierno de la Ciudad parece haberse olvidado de esa otra mitad donde se aloja el Teatro Sarmiento, también del personal artístico y técnico que allí, y en todo el Complejo Teatral de Buenos Aires, pone lo mejor de sí y al que adeudan sus salarios. ¿Arte o baldosas? Esa es la cuestión. Dentro, ese tema está resuelto. Uno se olvida de los cuadrados de cemento y todo es pura creatividad. Si hay algo que recuerdo de mi infancia con mucha nostalgia son los carnavales, aquellos en los que mi viejo no laburaba porque era feriado y nosotros salíamos por la tarde a enfrentar la batalla de baldazos y disparos de pomo, y de noche, a disfrutar las comparsas del corso.Los carnavales podían ser locos, violentos, mágicos, luminosos, divertidos, desenfrenados y sensuales; nunca coquetos. La coquetería se perdía tras el anonimato de los disfraces y los efluvios del alcohol. La alegría popular no persigue la elegancia. Entonces, decir coquetos carnavales equivale a un oxímoron a partir del cual todo es posible.Nada está claro en esta pieza, donde los símbolos gobiernan la escena y se prestan a un sinnúmero de interpretaciones. Hay un padre que maneja un buen negocio y hay hijos ambiciosos de sucederlo; circunstancia y móvil que sólo necesitan el brazo ejecutor. Pero sería ingenuo intentar reducir la obra a un mero hecho policial, lo que aquí se arriesga es mucho más. Quizás entre en juego la relación padre-hijo o tal vez los personajes representen diferentes niveles del poder político; como sea, se advierte el cuestionamiento de la autoridad y los roles que cada uno cumple en un grupo determinado. Más que en carnavales, los actores están en medio de un circo romano, donde la arena, tan estéril como la que la botella ofrece a la sedienta garganta, los contiene y enfrenta. Allí deben matar o morir, sobrevivirá el más fuerte o el más hábil o, como ocurre en la vida, el que tenga menos escrúpulos. Una permanente mezcla de fidelidades, traiciones y apetitos genera una espiral de vejaciones y violencia tan actual que hace pensar que esta sociedad alcanzó por fin su distopía. En ese clima caótico -que por momentos recuerda la novela La naranja mecánica, de Anthony Burgess- los protagonistas coinciden en un punto: marchan hacia su propia destrucción.
Un excelente trabajo actoral donde resulta difícil destacar desempeños y en el que se advierte una marcación precisa. Los actores juegan su papel con maestría, más allá de contexturas y edades, que parecen no revestir mayor importancia a la hora de poner el cuerpo.
La música en vivo, a cargo de Tian Brass, lo coloca como el actor número 13 (¿ordenamiento casual en este marco de pesadilla?) ubicado en un plano superior de la escena, algo así como un Dios que interactúa con los hombres a su entera voluntad. Completa la puesta un delicioso manejo de las luces, que logra dibujar sobre las tablas una densa atmósfera de tragedia.
Rubén Sacchi

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