20090922

COQUETOS CARNAVALES

Frente a la fragmentación de un pensamiento que así en cachitos no consigue concebir la profundidad de las cosas, David Bohm propone el rheomodo: esa curiosa forma del lenguaje que privilegia al verbo sobre el sujeto. En el rheomodo un árbol arbola, una catedral catedralea, y el teatro teatra. La palabra teatrista me ha resultado siempre detestablemente afectada (casi tanto como el gestito de comillas con los dedos que suele provocarme perturbadoras fantasías de amputación). Pero tiene una innegable virtud: pone al teatro en verbo. Permite concebir el acto como algo específico y no como simple resultado de una secuencia de procedimientos dando cuenta en esa acción de toda su complejidad. ¿Pero qué hay en lo profundo de ese teatrar? ¿Qué hacemos en esencia cuando teatramos?: nada demasiado original: violamos. Violentamos. El teatro es un sano ritual de violencia. No hay manera más pura de definirlo. Nada es tan específico a su metafísica ni a su física. La violencia manifiesta que termina en tragedia. La violencia sublimada de la comedia de enredos. La violencia contenida que crea los caracteres del drama. La violencia cómica del payaso golpeado. Está en cualquier rascada vulgar y no puede ser concebida sin embargo sin ella ninguna de las grandes obras. La violencia provoca acción, la acción crea el hecho, y del hecho viene el hechizo. Lo entendamos o no somos religiosamente embrujados por ese ritual cada vez que nos sentamos en la butaca de una platea. Suelo imaginarme al teatro como una procesión inmóvil: el escenario son las andas; los personajes: los ídolos, la imaginería. Y el séquito (los que lo siguen): el rebaño fiel de espectadores. Los que creen. Una ceremonia en marcha que esta paradójicamente siempre en el mismo lugar y tiempo. Y más paradójicamente todavía cada vez siempre en otro. Una peregrinación quieta que celebra el horror.
En pocos textos teatrales, como en Coquetos carnavales, he encontrado con mayor consagración este culto. Y en menos aun sublimado al más puro y específico ritual como en ésta. Desprendido de toda pretensión argumental convencional, para que todo represente en su liturgia, en su rito. Sin voluntad ninguna de ilustrar sino de celebrarlo. Y en su más cruda metáfora nacional. Debo hacer aquí un paralelo algo descomedido pero estrictamente pertinente: Coquetos carnavales es a nuestra dramaturgia lo que el inefable Tito Andrónico a los clásicos: algo imposible de asir en el domesticado concepto de relato, y como aquella primera tragedia shakesperiana (en la que el cisne puso todos los jóvenes huevos en la misma incubadora): un metafísico –y desmesurado- prototipo gore.
Mauricio Kartun

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