20090922

Atracción y desconcierto

Culturas / Edición Impresa
CRÍTICA / Coquetos carnavales
Una multipremiada obra de Luis Cano llegó a la sala Sarmiento con una puesta basada en esbozos y bellas imágenes, de resultado dispar.
Protopersonajes. Un elenco que se entrega y da vida a las figuras de una historia que dejan sensaciones indefinidas.
En un escenario que podría ser un circo romano, un callejón del Palermo cuchillero o un sótano de matones, doce hombres –un número con resonancias bíblicas, cinematográficas, hasta tumberas en la historia carcelaria argentina, y cuyos apellidos empiezan con las dos letras iniciales del abecedario– se mueven como una turba con liderazgos débiles. En el grupo de machos, la única razón es la fuerza que sustenta el dominio de uno y la obediencia del resto, siempre a la espera de abalanzarse ante la primera gota de sangre. No hay códigos en Coquetos carnavales, la obra de Luis Cano que se presenta en la sala Sarmiento del Complejo Teatral de Buenos Aires. A tal punto que en ese vacío reside la desazón que causa en los espectadores.Ganadora del premio nacional de la Secretaría de Cultura, del Nuevas Obras de Autores del Mercosur y del municipal del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad, la pieza del autor de Chiquito (en cartel) y Los murmullos, entre otras, destila violencia y sugiere apenas sus desencadenantes, tal vez porque considere que el caos no los necesita. No es una historia lo que hay que buscar en este texto sino sus harapos desparramados: un padre/jefe que es asesinado, un sucesor posible que no asume, muertos fantasmales que no terminan de irse, agoreros monstruosos y linchamientos del más débil.Cada parte puede referir a otras historias y a otras violencias como el asesinato de Julio César en el Senado o las luchas de Titanes en el ring, con el piano de Frédéric Chopin o la polka del barrilito de cerveza, de fondo. El único orden parece llegar desde lo alto, donde se ubica el músico Tian Brass, que con sus instrumentos marca algunas secuencias sin responsabilizarse nunca de lo que sucede en la superficie. Pero todos esos, repetimos, harapos, rasguños, pedazos no alcanzan para emparchar un relato. Los personajes –Ambrosi, Anglada (un destacado Alejandro Catalán), Asuraga, Ayala, Badoglio, Barrientos, Basilio, Brancusi, Bengoa, el Chico, el Uno y el Otro– se dibujan por las posturas corporales, los pasos de baile, los espasmos y sus extrañas maneras de hablar. Pero, salvo dos o tres, no son claramente identificables y no habría problema en intercambiarlos. Hay algo que “da lo mismo” en Coquetos carnavales: en lugar del Caballero Rojo o Pepino el Payaso, por ejemplo, podrían ser enanitos de jardín o cualquier otra cosa. Esa falta de código y de reglas que la obra muestra se transmite al desconcierto del público; al menos, de aquel aferrado al intento de comprender.La mejor forma de ver la propuesta de Cano, entonces, es aceptar estos esbozos narrativos sin pedir nada más; disfrutar las bellas imágenes (la iluminación es de Eli Sirlin) y las coreografías que cubren la escena, y admirar la eficacia de un director para convencer a este interesante elenco en entregarse y dar vida a unos protopersonajes que dejan la sensación de que “algo huele mal”, pero nunca sabremos por qué.
Leni González

No hay comentarios:

Publicar un comentario